Para mí, el propósito es eso: una razón suficientemente fuerte para seguir cuando las cosas se ponen difíciles. Y también un criterio para saber cuándo es momento de apagar aquello que funcionó durante años, pero ya no nos representa.
También implica aceptar que hay cosas que todavía no sabemos nombrar, pero que merecen que no las esquivemos.
Porque funcionar no siempre significa estar bien. Hay empresas que facturan, cumplen, crecen. Tienen sistemas, dashboards, procesos. Y, sin embargo, algo no cierra.
La gente aprende a trabajar alrededor de la fricción. Las excepciones se vuelven normales. Las decisiones dejan de cuestionarse porque siempre fueron así. Con las personas pasa algo parecido. Podemos volvernos extraordinariamente eficientes haciendo una vida que ya no queremos.
Estar ocupado no significa estar presente. Y funcionar puede convertirse en una excelente manera de evitar cambiar.
